Martina no empezó siendo guía.
Empezó escuchando.

Escuchando a su abuela.

Su abuela era de esas personas que, en cuanto había una excursión organizada en el pueblo, se apuntaba.
Un día fuera, una comida, una historia nueva… y de vuelta a casa con algo que contar.

A Martina le gustaba verla volver.
Le gustaba preguntarle qué había visto, por dónde había ido, si le había gustado.
A veces le traía algún pequeño recuerdo —“no me traigas nada, abuela”—, pero lo importante no era eso.
Era la ilusión.

Cuando acompañar se convierte en vocación

Años después, como Martina había nacido en Francia y necesitaban un guía de Francés donde vivía le dijeron :

-«Martina, te animas a hacer de Guía»-

Y así fue que empezó y con cada grupo que llevaba volvía a ver a su abuela.

Veía personas con ganas de salir.
De caminar despacio.
De mirar con calma.
De sentirse acompañadas.

Los grupos que la hicieron como guía

Martina reconoce que hubo una etapa que la marcó especialmente.

Hubo un momento que sus compañeras y compañeros de profesión empezaron a cederle grupos que a ellos les resultaba complicados de guíar.

Eran grupos de personas con discapacidad, grupos que organizaba Illunion del Grupo ONCE.
Personas ciegas.
Personas con movilidad reducida.
Personas que, según muchos, “lo tendrían difícil para viajar”.

Y ahí Martina aprendió una de las lecciones más importantes de su vida como guía.

Ver sin ver, caminar sin correr

Martina vio a personas que no podían ver…
y aun así querían ver.

Querían escuchar el ambiente de una ciudad.
Tocar una pared antigua.
Imaginar una plaza, una calle, un paisaje.

Vio a personas que no podían caminar con facilidad…
y aun así querían recorrer ciudades, pueblos, calles y paseos marítimos.

Personas con dificultades reales, visibles, evidentes…
con más ganas de vivir que muchos de nosotros.

Y lo entendió.

Es muy fácil quejarse de la vida.
Pensar que ya no estamos para esto.
Que ya no es el momento.
Que ya no merece la pena.

Hasta que viajas con alguien que, aun teniendo limitaciones, sonríe, pregunta, disfruta y agradece cada instante.

Viajar no va de correr

Martina siempre lo dice:
esos grupos la hicieron mejor guía.
Pero, sobre todo, mejor persona.

Porque viajar no va de hacerlo todo.
Va de sentir.

Por eso, cuando Martina acompaña a un grupo, no va solo delante explicando historia.
Está pendiente.
Escucha.
Espera.
Acompaña.

Viajar no va de correr.
Va de sentirte seguro.
De compartir.
De volver a casa con algo dentro que se ha movido.

Mientras haya ilusión, hay camino

En AESFAS creemos profundamente en esta forma de viajar.
Sin prisas.
Sin exigencias.
Con ganas.

Porque la vida no se acaba mientras sigas teniendo curiosidad.
Mientras tengas ilusión por descubrir algo nuevo.

Como decía la abuela de Martina,
siempre queda algo por ver.